15-12-2025
El montaje es íntimo. Hay pinturas de Franz colgadas de la pared, pero también hay pinturas en libretas que se mezclan con apuntes. Los diarios de campo del etnólogo alemán dejan de ser privados. Esta exposición invita a conocer el gesto de un bávaro que llegó a caminar Colombia en 1973, cuando tenía 20 años.
“Toda la exposición está pensada para que puedas mover las imágenes, llevárselas, sentarte en el comedor a que él te cuente la historia de cada imagen.” Explica la curadora Éricka Flórez, responsable de esta exposición.
Por eso el montaje habita su casa, una vivienda campestre ubicada a 20 minutos del centro de Popayán. Además de la obra se ven algunos espacios y objetos cotidianos del pintor que tenía 72 años cuando se inauguró el 47SNA. En la casa y en las imágenes está el paso de su tiempo.
De las libretas amarillentas que describen lo que se ve en el campo: ranchos, animales, árboles y cielo; se puede pasar a pinturas con colores primarios en las que, por ejemplo, una mujer montaña vierte amarillo de sus senos como si estuviera amamantando la tierra con rayos de sol. De los apuntes a los cuadros se hace evidente el cambio de mirada de Xaver Faust.
También hay pinturas en las que seres híbridos vuelan o navegan en paisajes formados por humanos con cuerpos de agua o de montaña. En esos cuadros la materialidad del territorio es la vida. Los fenómenos naturales se juntan y hacen posibles cosas como que un remolino que nace en el río se eleve hasta el cielo y conserve en su centro el mismo amarillo que el sol.
Allí el etnólogo pinta un territorio que no parece superficie sino tejido de relaciones vivas. Franz mezcló la ciencia y los colores como si estuviera intentando retratar la complejidad del territorio en un cuerpo vivo y multiforme. En las escenas que crea hay entidades naturales y humanas que se mueven en el mismo flujo sin jerarquía de relaciones. En su arte podrían interpretarse referencias al pensamiento espiral indígena.
También podrían ser retratos de los espacios de pensamiento y construcción colectiva que se han dado en la programación de los componentes vivenciales del Salón: Caminatas por el río, rituales en el Morro de Tulcán, tongas alrededor del fuego o conversas en las pedagogías espirales de la Universidad Indígena Intercultural (UAIIN), actividades en las que primero se baila, luego se agradece a los espíritus y se les pide permiso para el uso de la palabra. Cosas que en las ciudades occidentales pueden ser extrañas pero que en la Colombia espiral indígena que estudió Franz, son esenciales.
La curadora explica que le interesan las cuestiones que las imágenes de Franz plantean al plano binario y cartesiano con el que crecimos en occidente. “Vivimos en una cultura que piensa el tiempo de una manera lineal y el espacio de una manera binaria. Todo es lineal y binario y esa es la raíz de muchos problemas.”, opina. Pintar cosmogramas o “gramas del cosmos” fue el método que decidió seguir el etnólogo para continuar pensando en cuerpo y territorio.
Éricka Flórez lo conoció en 2011 y cuenta que entrar a su casa siempre era una experiencia de inmersión en un espacio tapizado en imágenes de cuerpos desnudos que de a poco se convertían en montañas y otras cosas. Dice que él pasaba 10 o 15 horas en ese comedor mirando por la ventana y dándole vueltas a sus estudios y obsesiones.
La intimidad de este montaje tal vez pudo ser posible por algo que logró Éricka en el tiempo de conocer y visitar a Franz. En el trabajo de Flórez hay un interés particular por los cuerpos y el movimiento. En el pasado se le encargó una curaduría para conmemorar Que viva la música de Andrés Caicedo y ella lo abordó desde el cuerpo.
“Franz cuenta que una mujer indígena le dijo: Esa enfermedad te llegó como un castigo por tratar de explicar lo inexplicable”, relata Éricka cuando se le pregunta sobre la relación del artista con el pensamiento indígena.
A causa de una esclerosis este etnólogo fue perdiendo la movilidad de su cuerpo. El archivo de sus imágenes muestra cómo pasó de caminar el territorio a desplazarse con la mirada mientras pintaba las montañas que se ven por las ventanas de su casa. En esta condición trabajó por más de 20 años, sus pinceladas se van haciendo gruesas y la intención de explicar mengua y abre paso a la contemplación. En las composiciones parece que hay cuidado, pero no planeación, como si la mano se esforzara por moverse para responder a impulsos de escucha.
Aunque la casa está un poco retirada, en la exposición Ascender a lo hondo hay mucha cercanía con lo que ha sucedido en este 47SNA que evoca a la madre de los bosques al llamarse “Kauka” y que tiene implícito el pensamiento espiral indígena en el concepto de “asamblea de mundos posibles”. Es así como los cuerpos redefinidos que ha pintado el bávaro bien podrían ser retratos de los eventos con enfoque LGBTIQ+ que han sucedido en el marco del Salón.
Una de sus curadurías más conocidas es Hegelian dancers, una performance en la que hay cuerpos bailando. Algunas preguntas de esta curaduría son: ¿Cómo se encarnan las cosmogonías en los cuerpos? y ¿cómo la experiencia del ritmo nos introduce en el concepto de antagonismo?.
En el portafolio de Lugar a dudas, un espacio en Cali del que Flórez es directora artística, también hay muchos procesos y artistas que han cuestionado los cuerpos, la sociedad y la relación con la imagen.
—Éricka, en lo que he leído sobre tu trabajo hay un interés por los cuerpos y el ritmo. En esta curaduría de Franz Xaver Faust ¿hay algo de eso?
—Pues mira que acabo de pensar que lo que hay ahí transversal al ritmo, al agua, al cuerpo femenino, a la espiral, es lo iterativo, la noción de lo iterativo y de la continuidad. Y el ritmo es eso, es iteración, es una repetición que siempre cambia en cada vuelta, que es diferencia y repetición a la vez.
Todo esto haría pensar que solo Éricka podría curar bien esta exposición pero ella dice que la puerta de la casa de Franz siempre está abierta, que cualquier persona podría entrar y sentarse a hablar con él en el comedor. “Él no tenía interés en mostrarte nada pero si lo consideraba pertinente en la conversación sacaba cosas de su archivo”, agrega. Tal vez en esas conversaciones hubo un clic para que Xaver Faust permitiera que la curadora le tratara como artista.
Esto no es menor cuando se sabe que el alemán le huía a las etiquetas. En una entrevista para una emisora del pueblo yanacona el locutor lo trata como investigador y rápidamente Franz lo corrige: “uno no investiga, uno escucha y pide que le repitan cuando no entiende la primera vez”, le dice.
Para la elaboración de esta nota se intentó hablar con él pero no se pudo. Franz y su casa estaban en otra transformación silenciosa. Éricka dice que el día que se inauguró la exposición él decidió desconectarse de su consciencia. Cinco días después del inicio del 47SNA, Xaver Faust falleció a sus 72 años. En la visita ya no se le puede preguntar por las imágenes pero se pueden contemplar sus pensamientos.
Este texto es una crónica cultural en la que uso elementos del periodismo gráfico para plasmar momentos de mi conversación con la Curadora Éricka Florez. Esta es una historia que tuvo lugar en Popayán, Cauca. La disfruté mucho porque como dibujante colombiano considero de gran valor las historias de quienes piensan a través del dibujo. Creo que en gran parte esta es la base del cómic de no ficción y su sentido social. Lo que hay aquí de narrativas visuales también nacen de mis propios diarios de campo, mi libreta con dibujos como herramienta de investigación y registro.
Una versión previa y con edición externa de este texto fue publicada originalmente en el Periódico ARTERIA.